Las princesas del Pacífico

Es cada vez más frecuente encontrar entre la cartelera de reconocidos teatros montajes que fueron estrenados en salas alternativas en anteriores temporadas. Así, algunas compañías viven este merecido salto del off al circuito comercial, para deleite del público que demanda cierta calidad en la programación de estos espacios. Es el caso de la obra cuya crítica nos ocupa: Las princesas del Pacífico, que tras su paso por Guindalera y Teatros Luchana, recala ahora en el Teatro Galileo.

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Agustina y Lidia son tía y sobrina respectivamente. Son dos mujeres de clase obrera que viven en Dos Hermanas, provincia de Sevilla. Entre las cuatro paredes de su casa ven la vida pasar, casi siempre a través de la pantalla del televisor; una realidad que las mantiene alejadas a ratos de sus miserias. Encerradas le dan la espalda a un mundo que parece dejarlas a la deriva, en soledad, y esa es precisamente su forma de hacerle frente. A salvo entre el visillo y las guirnaldas de navidad. Sin embargo, por una vez en sus vidas, la suerte se pone de su lado y les toca un premio: pasar el fin de año en un crucero.

Este es el punto de arranque de esta propuesta que nada entre la comedia y el drama costumbrista con tinte social, haciendo alarde de que las buenas comedias tienen su origen en hechos dramáticos. Y es que Las princesas del pacífico es un drama disfrazado de comedia, muy bien adornado con el envoltorio de la risa, ¡y vaya si uno ríe! Pues las carcajadas invaden el patio de butacas cuando apenas se han pronunciado las primeras frases.

El texto, a cargo de Alicia Rodríguez, Sara Romero y José Troncoso – este último también dirige -, es un maravilloso retrato, llevado al patetismo, de una situación que no nos es del todo ajena. Dibujando dos personajes tan grotescos como tiernos, se adentran en el universo de muchas de esas personas obligadas al aislamiento, a una suerte de abandono social en el que sobreviven juntas, siempre juntas. Lo verdaderamente interesante viene cuando son lanzadas al exterior, cuando las obligan a lidiar con el tú a tú. Es ahí donde reside la grandeza del texto, en el agravio comparativo, donde las miserias se tornan más viles aún si cabe, donde la tristeza da un respiro mentiroso. 

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Especial mención merece el trabajo de José Troncoso a cargo de la dirección. El también actor conduce a las actrices hacia terrenos pantanosos entre la risa y el llanto. No hay un ápice de maniqueísmo, ni un elemento discordante. Lo mismo ocurre con la puesta en escena, que rompe -por lo contemporáneo de la apuesta – con lo que cabría esperar dada la naturaleza bizarra que maneja. Toda una estudiada coreografía con la escasez de atrezzo como premisa.

No sería de justicia destacar el trabajo de una actriz por encima de la otra, pues la una no se entiende sin la otra, y la propuesta no se entiende sin las dos. De su interpretación se puede decir poco sin caer en el halago desmesurado, sin que parezca que existe una fascinación irracional del que escribe por ambas. Lo cierto es que Alicia Rodríguez y Belén Ponce de León tienden la mano a un público que se mete en su casa y que viaja con ellas a bordo. Tienen ese cariz de comediantas, de intérpretes dispuestas a dejarse los restos encima del escenario, dando vida a unos personajes que parecen haber sido escritos para ellas.

Con Las princesas del Pacífico (ESTAMPIDA TEATRO)  uno tiene la sensación de haber asistido a un espectáculo que recuerda el cometido del teatro, que no es otro que hablar de lo que nos pasa a las personas, de lo que nos convierte en seres humanos, de los sentimientos que nos atraviesan y la capacidad de poner de manifiesto situaciones cotidianas, dolorosas, cómicas, e incluso, patéticas.

En el Teatro Galileo hasta el 18 de diciembre.

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