La visita

Iván Villanueva en una imagen de "La visita"

Iván Villanueva en una imagen de “La visita”

Pocas veces uno sale del teatro con la sensación de que lo que ha ocurrido entre las cuatro paredes de la sala, o del recinto, ha pasado en realidad. Esa nebulosa que difumina la ficción y la realidad suele darse en dos casos, o si se tiene suerte, en una conjunción de ambos, lo que viene a ser una experiencia casi perfecta. El primero de ellos se da cuando la interpretación y la dirección están tan cargadas de verdad que lo que uno ve le atraviesa como una flecha imparable. El segundo, cuando la historia contada resulta tan endiabladamente creíble que te invade el irrefrenable impulso de levantarte de la butaca e intervenir como si de un personaje más se tratase.

La rabia y la impotencia son dos de los sentimientos que la mayoría de espectadores experimentan desde la butaca cuando poco a poco se va tirando del hilo argumental de “La visita“, la obra que programó con éxito La casa de la portera durante ocho meses y que también visitó La pensión de las pulgas regresa a su enclave original.

La obra, escrita y dirigida por Antonio Muñoz de Mesa, presenta las conversaciones que mantienen Don Lucio y Esther, un sacerdote y una corredora de seguros. El punto de arranque del debate moral entre ambos se establece cuando él le propone a ella que el abuso a menores esté contemplado en el seguro como accidente laboral. Lo escandaloso del asunto es que está basada en un hecho real ocurrido en la archidiócesis de Róterdam, en Holanda.

El libreto de Muñoz Mesa supone una bofetada sin mano a lo más putrefacto y oscuro de la Iglesia Católica, de los hombres que en nombre de Dios campan a sus anchas. Una crítica feroz al poder de la institución a través de palabras escogidas meticulosamente y de metáforas e imágenes cargadas de significado. Con una narración en la que destaca su agilidad, la tensión de este tira y afloja entre lo moral y lo económico va in crescendo mientras un público rabioso va incendiándose por dentro ante la injusticia que presencia. Quizá sea este el gran acierto del texto.

Rosa Mariscal en una imagen de "La visita"

Rosa Mariscal en una imagen de “La visita”

Pero lo que plantea “La visita” va más allá de un debate dialéctico, adentrándose en un diálogo entre dos tipos de depravación , el que versa sobre inmoralidad en una institución caduca y a veces inquina, y el puramente codicioso, en el que todo cabe a cambio del aumento de capitales. Una disputa retórica llevada a cabo con destreza a través de simbólicas imágenes, amén de un tronco seco y rancio que alguien se empeña en seguir regando en vano. Todo ello ilustrando la falta de empatía y la deshumanización de dos poderes con fines comunes, aunque aparentemente a años luz, y con la inocencia como único perjudicado.

Impecables están los encargados de dar vida a semejantes personajes. Iván Villanueva encarna al pérfido sacerdote sin que apenas pierda la compostura hasta bien avanzado el argumento. Representa a la perfección la templanza y tranquilidad que otorgan el saberse impune, y lo ejecuta admirablemente desde la perpectiva actoral generando veneno y odio en el respetable. Por su parte, Rosa Mariscal realiza un estupendo ejercicio de contención, pues pudiendo llevarse el personaje hacia la enervación o la compunción, navega entre el miedo a perder su estabilidad económica por un lado, y su integridad moral por otro. Muy bien llevado al terreno de las emociones justo en el momento clave.

“La visita” es en definitiva una obra que revuelve, que disfrutas y en la que uno se mete desde el minuto en el que la puerta de este despacho eclesiástico se abre, sintiendo asco hacia un mundo en el que la sensación general es que siempre ganan los mismos, que resultan ser los poderosos. Aunque de vez en cuando, como en esta ocasión, las cosas se complican más de lo esperado.

Puede verse en La Casa de la Portera los sábados de marzo a las 21h.

Anuncios