Constelaciones

constelaciones

¿Cómo sabes cuando una obra de arte está predestinada a serlo? ¿En qué momento y por qué se convierte en algo vivo que mueve y remueve, que para bien o para mal se ha colado por un resquicio de tu cabeza? Seguramente estas sean preguntas sin respuestas, tal vez sean algunas de las aristas de un poliedro de infinitas caras. Pero hay algo que diferencia unas historias de otras, y es ese poso que dejan a modo de huella y que genera debate.  Cuando eso que llamamos fondo de una obra es tan variable como el número de espectadores que la viven, es que cuanto menos, estamos ante una propuesta significativa.

“Constelaciones” narra la historia de Marianne, una física cuántica, y Roland, un apicultor, que se conocen en una barbacoa. Una vez surge el flechazo entre ellos y comienzan una relación, la trama se va diversificando en tantas posibilidades como decisiones toman sus personajes. Una especie de juego de dados en el que la línea argumental varía según en qué número caigan, y por tanto también se ven trastocados los futuros de esa relación, casi como si se dieran en diferentes mundos paralelos.

Echas las presentaciones y sinopsis, basta decir que “Constelaciones” cuenta con un libreto brillante lo mires por donde lo mires, e independientemente de lo que uno sienta. Estamos ante un texto meticulosamente elaborado en el que cada palabra está elegida a conciencia, haciendo hincapié en este aspecto hasta tal punto que la sustitución de un solo término va modificando el sentido de las frases, el devenir de los acontecimientos. Así, Payne otorga la importancia que merece el lenguaje, las palabras en cada uno de los discursos que lanzamos.

Más allá de la forma, el texto es igualmente interesante y conmovedor en su contenido. A través de los recorridos que realizan los personajes se va dando forma a cuestiones más humanas, pues a fin de cuentas estamos ante una disección de dos personas. En los comentarios posteriores con otros espectadores, se vislumbra que hay mensajes que calan más en unos que otros. Lo efímero que es todo, o al revés, lo eterno. Lo irónico que resulta un destino en el que caminemos por el sendero que lo hagamos nos guiará hacia la misma plaza. La insignificancia de las personas, del ser humano que se otorga a sí mismo una magnificencia irreal que se rompe al tomar conciencia de lo diminuto que resulta en el complejo sistema que es la vida. Un canto al carpe diem. Toda una batería de reflexiones compartidas en voz alta. Seguro que nos dejamos alguna.

Todo ello bajo la soberbia batuta de Fernando Soto, una dirección que logra que el público quiera levantarse de la butaca y gritarle  a esta pareja qué opción es la más adecuada, o no. Un trabajo de dirección muy centrado en los personajes, en los actores, en definitiva muy de la mano del propio autor. Asimismo destaca la escenografía y la iluminación sobria, perfecta para que el baile entre Marianne y Roland concluya bello.

Lo que hacen Fran Calvo e Inma Cuevas es inenarrable, están espléndidos y generosos con el otro. Realizan ambos un gran trabajo de cuerpo en lo que ya hemos comentado que viene a ser una suerte de danza. Pero sobre todo regalan verdad a los personajes y por supuesto al respetable. Dos animales escénicos que se acarician teatralmente.

Todo ello hace que “Constelaciones” sea, en resumidas cuentas, una obra memorable de las que es recomendable ver más de una vez. Les parecerá tierna, sincera, triste, poética, grande y pequeña a la vez.

Puede verse en el Teatro Lara los jueves 5, 19 y 26 de febrero y 5 de marzo a las 22:30h en la Sala Principal.

Anuncios