Cliff (Acantilado)

Cartel de "Cliff"

Cartel de “Cliff”

Quizá, como el que escribe, nunca el lector haya oído hablar de Montgomery Clift, o a lo mejor, resultado de nuestra ignorancia al respecto, sí conozca a este actor coetaneo de Marlon Brando o Marilyn Monroe. En cualquier caso, sí podríamos afirmar que la estela de esta estrella no brilló tanto ni se ha mitificado de la misma manera que a la mencionada tentación rubia o a James Dean.

Montgomery Clift fue uno de los más exitosos actores de mediados del siglo pasado, tanto fue así que, junto a Marlon Brando, su eterno rival, fueron denominados “los gemelos de oro”. Su gran belleza y talento dieron lugar al surgimiento de un nuevo galán melancólico y sensible. Aunque este éxito se vino abajo la noche del 12 de mayo de 1956 cuando su coche se empotró con un poste de teléfono al volver de una fiesta en casa de su gran amiga Elisabeth Taylor. A partir de entonces su meteórica carrera sufrió un vertiginoso descenso y las cicatrices que el accidente dejó en su rostro le precipitaron a una espiral de autodestrucción.

Y precisamente ese precipicio, ese acantilado que supusieron los últimos años de Monty, es el eje central que atraviesa “Cliff”, el montaje que ocupa nuestra crítica y que se estrena esta misma noche en La pensión de las pulgas. Después de haber disfrutado de esta pieza en una previa, vamos a desgranar nuestras impresiones esperando no dejarnos ningún detalle.

Hechas las presentaciones del personaje, cabe destacar que “Cliff” no es un biopic al uso en el que se suceden las escenas clave en la vida de su protagonista. La obra plantea las reflexiones y delirios de Clift la noche antes de la entrega de los Oscar de 1961, cuarta ocasión en la que estaba nominado al codiciado galardón de la Academia de Cine. Esa noche planea poner a la industria cinematográfica de Hollywood en su sitio y anunciar su retirada de la gran pantalla, aferrándose al último cartucho que le queda: protagonizar “La gaviota” con Liz Taylor.

Montgomery Clifft y Elisabeth Taylor

Montgomery Clift y Elisabeth Taylor

Es en esta vuelta de tuerca a la biografía en primera persona donde destaca la impronta del texto de Alberto Conejero, adentrándose en el universo de fantasmas que habitan en su protagonista y que afloran a raíz del accidente. Siguiendo la narración de Conejero, uno no puede sino preguntarse cómo hubiese sido el final de Monty de no haber rasgado su cara con aquel poste, llegando a la deducción casi ineludible de que dicho desenlace se hubiera parecido bastante al que se produjo. Y es el libreto, además de rozar la poesía en algunos fragmentos, ahonda casi como un psicoanálisis en el orígen mismo de la caída por el precipicio.

Podemos ver pues, un ejercicio de disección de los miedos y traumas arrastrados por un hombre cuya luz se va apagando. Surge, como lo ha hecho de manera reiterativa a lo largo de la historia del cine y el teatro, la sumisión e influencia de los padres con los hijos. Todo ello como preámbulo de una homosexualidad oculta en un mundo machista y de heterosexualidad galopante que el protagonista no solo ve como motivo de ataque por parte de su profesión, sino de sí mismo. Condición sexual que pone de manifiesto la represión de una época y la hipocresía de un mundo tan superficial, como frívolamente, abierto.

Dirigen el proyecto el propio autor y Alberto Velasco, haciendo de cada escena una amalgama de potentes imágenes que quedan dibujadas en la retina. El tiempo pasa como en una coreografía, una danza que situa al espectador en tiempo y lugar, pero sobre todo, lo coloca en el terreno de las carencias, de la soledad, de la locura. Un trabajo sutil en el que se integran elementos audiovisuales que de manera ilustrativa proyectan las idas y venidas de la cabeza del protagonista.

Protagoniza “Cliff” el actor Carlos Lorenzo, de quien no se puede decir otra cosa que no sea que está soberbio. Lorenzo sale victotioso de un vertiginoso y duro monólogo en el que el ejericicio corporal es clave. Es una pieza principal para entender este puzzle amargo y delirante, son los suyos los pies que ponen al respetable al borde del acantilado.

“Cliff. Acantilado” es, en definitiva, un impecable trabajo tanto actoral como de puesta en escena. Buen hacer en un inmejorable marco como es La pensión de las pulgas y un apreciado bálsamo de teatro de calidad entre tanta comedia facilona.

Puede verse a partir de hoy 8 de septiembre, los lunes a las 20h.

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