Queremos ir al Tibidabo

Cartel de "Queremos ir al Tibidabo"

Cartel de “Queremos ir al Tibidabo”

De sobra es conocido nuestro entusiasmo cuando descubrimos talentos de esos a los que acostumbramos a malnombrar jóvenes promesas del teatro, del cine o la televisión. Erramos, desde el punto de vista del que escribe, pues una promesa tiene su fin en un futuro y es en el presente donde un nutrido grupo de actores, autores, directores, etc, están creando y poniendo sus aptitudes al servicio y deleite de todo aquel que esté dispuesto a tomarlo. Dejemos entonces de esperar algo más, de esperar a que lleguen a una cima casi imaginaria.

Lo que queremos con esta reflexión es comenzar a hablaros de “Queremos ir al Tibidabo”, un montaje puesto en marcha por un equipo joven y entusiasta. Una obra sencilla, directa y fundamentalmente tierna que demuestra que, a veces, complicarse demasiado no es sinónimo de calidad.

Queremos ir al Tibidabo” cuenta la historia de Marta y Eli, dos hermanas que, a pesar de su juventud, se ven obligadas a afrontar la enfermedad mental de su madre como pueden. En un acto de ternura e inconsciencia, deciden ocultar dicha enfermedad a sus padres con el fin de mantener la felicidad de éstos. Esta decisión trae consigo situaciones complicadas que las hermanas salvan como pueden, dando lugar a cómicas anécdotas. En medio de este caos aparece Lucía, una amiga dispuesta a echarles una mano, aunque poco a poco les pone alguna que otra piedra en el camino.

Este es el punto de partida que plantea Cristina Clemente, quien escribe un libreto eficaz cuya narración transita entre la primera persona y las escenas a modo de flashbacks. Lejos de enredar la historia, Clemente resuelve cada anécdota, cada discusión, con una sencillez y naturalidad que como espectador se agradece, sin grandilocuencias ni espectaculares giros dramáticos que no encajarían en una historia como esta. Más allá de la estructura, el texto plantea la madurez forzosa de una generación acomodada (afortunadamente) ante una situación límite. El punto de vista se da la vuelta, siendo los hijos quienes se encargan de vivir para los padres, quizá una caprichosa paradoja a la que no queremos acostumbrarnos. Asimismo, también hay cabida para la reflexión en cuanto a las diferentes reacciones del ser humano ante la posible pérdida de un ser querido, como el miedo, la inseguridad, la responsabilidad o simplemente permanecer en la ignorancia.

Imágenes promocionales de "Queremos ir al Tibidabo"

Imágenes promocionales de “Queremos ir al Tibidabo”

Quizá el fruto de la belleza del texto junto a la acertada dirección de Israel Solá sea la relación que se crea entre las dos hermanas. Dos personajes bien dibujados y dirigidos que ilustran la complicidad entre hermanos muy diferentes, pero que a pesar de todo, se lo dicen todo con una mirada, con un gesto, con un silencio, sobre todo con silencios. Es este uno de los puntos fuertes de esta propuesta.

Las encargadas de vida a las dos inconscientes hijas son Susana Abaitua y Andrea Ros, dos auténticas actrices dotadas de una naturalidad y verdad apabullante. Ambas caminan entre el drama y la comedia como si anduvieran por una cuerda sobre un gran vacío, pero sin vacilar, sin mirar abajo, con un equilibrio perfecto. Ros da vida al personaje más impulsivo, mientras que Abaitua pone la cabeza como contrapunto. Estas son las perspectivas cómicas de ambas y saben manejarla con gran soltura. No se queda atrás Tábata Cerezo, quien entre la contención y la histeria interpreta al elemento discordante, el detonante. Cerezo está muy acertada y sale airosa de un personaje que podría haber sido mucho menos agradecido.

Queremos ir al Tibidabo” es, a fin de cuentas, una de esas comedias que consiguen darte un pinchacito en el corazón mediante la comedia más tierna. Un reparto soberbio, un trocito de vida, y un drama que pasa mejor si uno se queda con el eco de las sonrisas.

Puede verse en La puerta de al lado los jueves y viernes a las 21h.

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