La vida en blanco

Cartel de "La vida en blanco"

Cartel de “La vida en blanco”

Hace ya algunos meses se estrenó en La Casa de la Portera esta obra de José Manuel Carrasco y a nuestros oídos llegaron las opiniones de amigos que nos hablaban maravillas del texto y de la increíble interpretación de Ana Rayo, así que no podíamos perdérnosla.

Tenemos que decir que no se habían quedado cortos con sus comentarios. La obra cuenta la historia de María Fuentes, una mujer de mediana edad que desnuda su alma y nos muestra una vida vacía de amor, una vida en blanco, como un enorme lienzo que nunca se llegó a pintar. María se encuentra en un punto en el que nada le llena, la soledad le ahoga y no encuentra el amor. Su trabajo se ha convertido en algo rutinario y envidia la vida de sus compañeras. A partir de esta situación nos encontramos con un monólogo que inunda el salón de La Casa de la Portera con una realidad que quizás está más cerca de nosotros de lo que pensamos.

Es fácil sentirse identificado con algunas de las cosas que le pasan a María, pues es inevitable compadecerse de este triste personaje, de esta ausencia existencial.  Sin embargo, ella se agarra a esa soledad que la invade para hacerse más fuerte y luchar por una vida que aunque no es la que quería es la que le ha tocado vivir. El camino que esta mujer nos muestra  quizá sea difícil, sin duda doloroso, pero no se puede renegar de un lejano pasado y, pese a que la marea venga en contra, no queda si no nadar a contracorriente por sobrevivir, que no vivir.

José Manuel Carrasco escribe y dirige un texto complejo en cuanto los sentimientos que arroja,  y lo hace de una manera muy hermosa a través de un lenguaje cercano y sin grandes artificios. Esta cercanía en las palabras, lo directo que resulta el mensaje y lo sencillo de la narración, son sin duda, grandes aciertos de la dramaturgia. Un texto de los que denominamos “caramelo” para cualquier actriz, pero es Ana Rayo la que se enfrenta a él y lo hace suyo de forma sublime. Cada movimiento, cada mirada, cada gesto nos acerca a esta mujer huraña, como ella misma se define, que no ve salida y camina a ciegas. Ana deja de ser actriz para convertirse en una mujer de a pie, llenando de naturalidad y verdad una historia tan dura que fácilmente podría precipitarse a la exageración.

Bf3np1-IIAAy8vEEl personaje va desgranando los sinsabores de la vida, quitando espinas, o haciendo que éstas duelan menos, para salir adelante. A lo largo de ese devenir de anécdotas y recuerdos, María no solamente cuenta su historia, si no que ahonda en otros aspectos como en la educación religiosa, o en cómo unos padres infelices son incapaces de inculcar la felicidad, pues es algo que desconocen. Además sobrevuela la desnaturalización de unos hijos que se ven obligados a hacerse cargo de unos padres enfermos, y cómo esta situación límite desdibuja los roles familiares, los vínculos forjados a tientas. No pasamos por alto la crítica a una sociedad machista que el subtexto esconde. Pero a pesar de todo, “La vida en blanco” es un canto a la eterna búsqueda del amor y es que nuestra protagonista no ha tenido suerte en el amor e incluso se plantea si es capaz de amar a alguien. Le gustaría que alguien viera más allá del exterior y mirara en el interior para ver un mundo de sueños e ilusiones que se han visto truncados. No quiere ser invisible para el resto del mundo. Pero aún hay más, pues el miedo a la soledad acompaña de la mano a esta amarga historia, y cómo la sociedad educa para temerla.

“La vida en blanco” está todos los domingos de febrero a las 20h. en La Casa de la Portera.

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