Cuestión de altura

Cartel de "Cuestión de altura"

Cartel de “Cuestión de altura”

Hay ocasiones, hay días, en los que el teatro te devuelve la ilusión, las expectativas que has puesto porque sus tablas te llamen directamente. Unas veces al corazón, otras a la evasión mental, y unas cuantas, las que menos pero las mejores, a la reflexión. Es el caso de la obra que hoy nos ocupa: hablamos de “Cuestión de altura“.

Martiño Rivas es Rubén, un joven y prestigioso psicólogo que lo tiene todo. Es alto, guapo, tiene un cuerpo atlético, varias mujeres, un bonito apartamento y un ego superlativo. Es lo que en la sociedad actual denominaríamos un ganador, es perfecto. Una noche llega ebrio después de haberse acostado con la novia de su mejor amigo. A la mañana siguiente, el espejo le devuelve un reflejo distorsionado, una persona ajena a él. Le devuelve la figura, y por supuesto el acento argentino, de Tomás Pozzi.

Esta es la sinopsis, o mejor dicho el punto de partida, de esta historia que firma Sandra García Nieto y que ahonda en las profundidades del ser humano. El texto, originalmente un monólogo escrito para Pozzi, plantea de manera apabullante una introspección del yo, un debate que va más allá del “verdadero ser” versus “el ser que uno cree que es”, adentrándose en cuestionar si realmente existe un yo verdadero que no está viciado y que se encuentra en lo más profundo, bajo capas de chapa y pintura.

Imagen promocional de "Cuestión de altura"

Imagen promocional de “Cuestión de altura”

En este punto, y a modo casi de conciencia, el personaje de Tomás Pozzi viene a recordar la parte imperfecta, pero poniendo de manifiesto que no ha de ser vista como una cualidad despectiva. Un reflejo que viene a dar una bofetada a un espejo corrompido por una sociedad en la que enseñan que la perfección es la meta, en la que el éxito está íntimamente ligado con las mejores aptitudes en todos los terrenos. “Cuestión de altura” es una llamada a la puerta de la conciencia para decirnos que a lo mejor el camino no es hacerlo todo bien, o ser el mejor en todo.

Cabe destacar en este punto los guiños al psicoanálisis, y la crítica sutil y preciosa a la familia, a la maldita losa que a veces cargamos y en cuyo epitafio puede leerle la educación recibida en el seno paterno.

La dirección corre a cargo del joven Rubén Cano, quien ha realizado un excepcional trabajo, sacando un partido extraordinario de los actores, y por supuesto, de las palabras de la autora. Ha creado imágenes que a la retina le cuesta olvidar, imágenes violentas, tiernas, descarnadas y feroces. Todo esto con la ayuda de una escenografía algo oscura, austera y elegante, acorde con las sombras en las que se mueve la historia.

Imagen de "Cuestión de altura"

Imagen de “Cuestión de altura”

Del trabajo actoral sencillamente puede decirse que es brillante e impecable. Tomás Pozzi ofrece una masterclass interpretativa que va más allá de cualquier método. Su trabajo corporal es de una fuerza sobrecogedora, desprende una energía y magnetismo como pocas veces ha visto el que escribe. Está irónico y ácido, tierno y voraz, seguro y frágil al mismo tiempo. Sencillamente una actuación que cualquier espectador no debería perderse y de la que todo actor debería aprender.

Martiño Rivas ha crecido como actor y este montaje ensalza este aprendizaje. Lejos de achicarse ante la fuerza de su compañero, se sirve de ella para complementarla con su buen hacer, para darle la mano y recorrer un camino juntos, convirtiéndose en imprescindible. Da gusto ver la calidad de jóvenes actores con una excelente formación y con un prometedor futuro.

“Cuestión de altura” es, en resumidas cuentas, un delirio fabuloso, una estupenda locura que el público saborea en cada uno de sus surrealistas diálogos, pero que sobre todo entretiene, y eso se agradece, y mucho.

En la sala pequeña del Teatro Español hasta el 16 de febrero, de martes a sábado a las 20:30h. y domingos a las 19;30h.

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