Las heridas del viento

Cartel de "Las heridas del viento"

Cartel de “Las heridas del viento”

Pocas veces un texto deja una huella tan profunda que a lo largo del día pesa como una losa en tu espalda, en tu alma. Un poso que difícilmente desaparece en poco tiempo, y menos cuando, de una forma u otra, toca en aquello que creías olvidado, enterrado o, en su caso, maquillado.

Hablamos de “Las heridas del viento“, cuyo libreto de Juan Carlos Rubio es una amalgama de experiencias, sentimientos y recuerdos, pero sobre todo, de vidas. Unas vidas vividas por otros y por uno mismo, y es ahí donde radica el éxito, en que desgraciadamente no es ajena para casi nadie, y de serlo, afortunados aquéllos.

Tras cosechar éxitos en Nueva York, Grecia, México, Argentina, Costa Rica, Puerto Rico o Chile, el propio autor dirige esta obra en el hall del mágico Teatro Lara. Sin más escenografía que un par de sillas y unos cuantos focos, esta historia va desgranándose poco a poco con una fuerza intempestiva, que atrapa al respetable desde el mismo momento en el que sus actores pisan el escenario.

David, un joven de 32 años, cuyo padre acaba de morir sin apenas conocerlo, descubre unas cartas de amor entre las pertenencias del difunto. Pero las cartas no son de su madre, ni siquiera son de una mujer, son de Juan. A partir de ese momento las dudas y el deseo de descubrir a un hombre que pocas veces le dio un atisbo de cariño, le llevan a buscar al misterioso remitente de ese amor epistolar. Lo que no sabe es que Juan no le pondrá las cosas demasiado fáciles.

Podría decirse que ese hombre mayor, solo y con una afilada lengua, es uno de esos personajes que hacen que el teatro cobre vida, que agradezca que se piense en él creando vidas dignas de contarse entre sus muros. Juan Carlos Rubio ha creado un personaje especial, un hombre sabio con una vida larga y dura, con heridas incurables y sobre todo, con años de amargura. Juan es listo, inteligente y mordaz, esa audacia y elocuencia que dan los años, a veces pareciera un filósofo de la vida. Pese a lo que se pueda pensar, no es pedante, ni arrogante. Pero lo mejor de todo es que está interpretado por una mujer; he aquí el gran acierto del reparto.

Kiti Mánver hace un trabajo interpretativo de los que no puedes dejar de admirar, más masculino que si lo hubiese hecho un hombre, el cual muy probablemente hubiese caído en interpretar a un maduro homosexual con mucho ramalazo.  Mánver pronto se despoja de su melena rubia y se mete al público en el bolsillo mirándolo a los ojos, a través de la mirada de Juan, de sus gestos, de sus inteligentes palabras. Ensalzar más el trabajo de esta actriz sería caer en la obviedad, mejor juzgad vosotros mismos.

No se queda corto Daniel Muriel en su papel de enojado hijo. Sus dotes de contención e ira por un padre que nunca le amó, o al que al menos nunca notó cerca, lo colocan cerca del espectador, humanizando un personaje que en presencia de su opuesto se quedaría pequeñito.

Adereza este drama de caminos equivocados y preguntas sin respuesta las hermosas canciones de la diva italiana por excelencia, Mina. Su voz aguda y punzante, y grave y doliente a la vez, hacen que los personajes caminen a través de su música como si éstos se embriagaran de su poesía. Perfecta simbiosis la del paso del tiempo a través de la garganta de la “tigresa de Cremona“.

Sin más rodeos, solo queda por decir, que bajo la mirada del que escribe, es uno de los textos más brillantes que se ha escrito en los últimos años.

“Las heridas del viento” puede verse los lunes de octubre a diciembre a las 20h. en el Teatro Lara de Madrid.

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