Málaga, un reproche mudo

Ana Wagerner y Críspulo Cabezas en "Málaga"

Ana Wagerner y Críspulo Cabezas en “Málaga”

El Teatro del Arte, en Madrid, nos recibe en una fría tarde de invierno dispuesto a hacer que entremos en calor a base de reproches; y es que “Málaga” es eso, un juego de reproches y egoísmo maquillado.

Unos padres divorciados discuten sobre con quién se quedará el fin de semana su hija de siete años. Él (Roberto Enríquez) tiene un importante congreso en el que tiene puestas sus expectativas de futuro. Ella (Ana Wagener) tiene programado un viaje a Málaga. Entretanto aparece un joven vecino (Críspulo Cabezas) sin nada mejor que hacer que cuidar a la niña. El fin de semana terminará con catastróficas consecuencias, y ahora ¿de quién fue la culpa?

Málaga” habla de reproches, pero no tal y como los concebimos. Son reproches mudos, callados, que son peores. Son peores porque están cargados de culpa, y cuando la culpabilidad propia llena el vaso del reproche ajeno las palabras sobran, serían cínicas, vacías, hipócritas.

Ana Wagener y Roberto Enríquez en "Málaga"

Ana Wagener y Roberto Enríquez en “Málaga”

Pero no se queda ahí. Este texto de Lukas Bärfuss, bajo la dirección de Aitana Galán, cuenta mentiras, unas mentiras egoístas. Bajo la fachada de preocupación de unos padres desesperados subyace la parte ególatra del ser humano, la que se cree con derecho a pensar en él mismo, aunque sea por una sola vez. El problema de esta vez serán las consecuencias, y sobre todo, esa adulta palabra que tanto nos atormenta: responsabilidad.

De Wagener y Enríquez sobran las palabras, pues caeríamos en tópicos dichos a grandes actores que ya han demostrado su maestría en esto del teatro. Mención especial merece Críspulo Cabezas que consigue dejar sin aliento al respetable con un ejercicio actoral sincero y un trabajo de expresión corporal brillante.

Roberto Enríquez y Críspulo Cabezas en "Málaga"

Roberto Enríquez y Críspulo Cabezas en “Málaga”

El decorado es sencillo, una silla, un aparador y una lámpara. Es luminoso y oscuro a la vez. Llama la atención el contraste de una escenografía colorida en una historia tan gris, tan oscura. Es casi cinematográfico. Como si los personajes se viesen atrapados en un mundo de muros negros con pintura que se descascarilla.

“Málaga” hace honor, en definitiva, al nombre del teatro, el del ARTE.

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